Editorial

Devolver una billetera encontrada en la calle es normal en algunos países europeos. Asar carne en el patio de la casa con familia y amigos, es normal en países de América del sur. Es normal dejar tus pertenencias a la orilla de la playa mientras te bañas, o dejar las puertas del vehículo abiertas mientras compras en una tienda. ¿Qué es lo normal en El Salvador? Seguramente alguien contestaría: “la paranoia, el miedo, las precauciones, y no ponerte esta o aquella marca de zapatos”, eso, ya es normal.

Si alguien ponía en duda el poder de las pandillas en El Salvador, con el paro de transporte ocurrido recientemente, y que perduró por cuatro días, debe quedar sin dudas de que son “el poder establecido”. A base de terror, amenazas de muerte y atentados en contra de la dignidad humana, política y social, lograron demostrar que son capaces de paralizar a un país si se lo proponen con más ahínco, ante la vista pasiva de la famosa Inteligencia policial y Estatal, y ante los inútiles tanques de guerra que se pasean por las calles salvadoreñas.

Luego de cuatro días de paro, El Salvador celebra “haber vuelto a la normalidad”. Una normalidad de las más anormales. La normalidad salvadoreña de un promedio de 22 asesinatos diarios, extorsiones, secuestros y quién sabe que otras barbaries. Es la realidad que se alteró durante el paro de transporte, o boicot como lo llama el Gobierno. ¿Le hace falta a la mayoría de la población sufrir en carne propia los vejámenes de la violencia para sentir la diferencia entre lo normal y lo anormal? ¿Porqué un país se acostumbró a llamar normal a lo anormal?.

Los medios de comunicación sin duda son un factor determinante en la opinión y percepción social. En cuatro días, el volumen de noticias por asesinatos bajó considerablemente, algo que al parecer espantó a la población porque eso no es “normal”; Lo anormal de la semana del 27 al 30 de julio fue el poder que demostraron las pandillas pero no matando, sino paralizando.

Si bien el paro de transporte afectó la economía, los estudios, los trabajo, y cientos de situaciones más a los que la gente no estaba acostumbrada -quizá por la rutina del país más peligroso del mundo-, el hecho de llamar normalidad a la realidad actual salvadoreña, debe hacernos poner nuestras barbas en remojo como colectividad, y echar un vistazo atrás para identificar en qué momento de la historia perdimos el control de la sensibilidad social de llamar normal al terrorismo nuestro de cada día.

Boicot o paro, el gobierno dice que el hecho se debe a que las pandillas buscan negociar con él a manera de una segunda tregua. El presidente Sánchez Ceré, que en medio del caos, viajó a Cuba a un “chequeo médico rutinario”, dijo que en ningún momento estaría dispuesto a negociar con criminales. Un El Salvador conservador aplaude sus palabras, en un discurso carente de propuestas concretas, respaldado por un Consejo de Seguridad y Convivencia Ciudadana, criticado por reunirse según la Vox Populi “a tomar café y a pasar encerrado hablando en hoteles”.

Normalidad o no, es momento que nos volvamos a sentir como en casa; que al entrar por nuestras fronteras volvamos a respirar la paz y la alegría que desde hace varios años se nos ha negado, y dejemos de protagonizar las portadas de nota roja de los principales periódicos del mundo, porque el al final de cuentas, lo normal es ser feliz y vivir en paz.

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