Este es el relato de cómo la pérdida de una millonaria campaña electoral, caló en los más profundo de los miembros de un partido político que lloraron los resultados al enterarse de que perdieron por tercera vez consecutiva una elección presidencial, que quizás solo sería digerible con alcohol.


Por Mario Beltrán

Un grupo de nueve areneros se saludan y charlan en círculo en el lobby de un hotel capitalino. Entre ellos está el alcalde de San Salvador, Ernesto Muyshondt, y la diputada Margarita Escobar.  Se abrazan y pareciera que a esta hora de la noche, cuando el reloj marca las 7:30 de la noche, están esperando un diagnóstico médico de desahucio.

Sus conversaciones son sobre el conteo de votos y la incertidumbre que hasta esta hora, del 3 de febrero, no les da la ventaja, según lo que han visto entre los datos preliminares del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y sus propios datos.

Otro grupo se reúne cerca. Son mujeres de edades maduras. Todas, también, charlan sobre los resultados electorales mientras revisan en un celular, cómo se mueve el escrutinio preliminar del momento.

Minutos más tarde, Mauricio Interiano, presidente del partido Arena, entra al hotel. Lo sigue el diputado Carlos Reyes, quien fue el hombre de baja estatura y bigote cano que fue sorprendido en un partido del Mundial Rusia 2018, en horas laborales.

— ¿Cómo estamos? —le pregunta un hombre a Reyes, mientras lo abraza.

—Ahuevados—responde con tono despechado, mientras se dirige hacia un ascensor.

Los periodistas, desperdigados, hacen guardia, mientras esperan que el equipo de Carlos Calleja entregue credenciales de acceso. De pronto, un tímido aplauso irrumpe el silencio. Es Calleja y Carmen Aída Lazo entrando al lobby del hotel. Se dirigen a la treintena de personas que los rodea, y hacen un llamado a la humildad y calma, mientras esperan los resultados irreversibles.

La espera se hizo larga. Los resultados seguían llegando y ninguno era favorable para el partido que gobernó el país durante 20 años, untado de corrupción y hartazgo político de una generación de posguerra que evolucionó, pero que heredó el lastre de la dolarización, el manodurismo y la privatización de la banca y las pensiones.

Norman Quijano deambulaba por el lobby. La tristeza lo escolta, pero se apresura a consolar a quienes lloran, como una joven con su nariz y ojos sonrojados que le decía que no lo podía creer.

—Sí, fue una cachimbiada. Sacaron como 1.2 millones de votos. Pero nos vamos a levantar porque esto no termina acá—, responde Quijano y luego la consuela con un abrazo.

Quijano también sabe el sabor de perder una elección presidencial, la de 2014 ante el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén del FMLN. Esa vez perdió por apenas seis mil votos en segunda vuelta electoral. El diputado Rodrigo Ávila también conoce ese trago amargo de perder la presidencia ante Maurio Funes, en 2009.

Quijano tiene su propia lectura del porqué Arena pierde su tercera elección presidencial de manera consecutiva. Dice que la población prefirió votar por alguien que se rodea de “lo peor de la política salvadoreña”, y lanza el reto a su partido de reflexionar sobre los resultados de esta noche.

Además, afirma que Arena venía desgastada luego de una contundente campaña interna por elegir a la fórmula presidencial, que aunque no quiere llamarla “división interna”, sí admite que generó ciertas fricciones que pasaron factura.

Cerca de las diez de la noche, los resultados ya eran irreversibles y Arena lo sabía. El equipo del candidato llama a los periodistas a un salón de conferencias, para que escuchen a Calleja. En el ambiente, los areneros se abrazan. Sonríen con resignación, y en el salón a la espera de Calleja, los televisores transmiten el discurso de Bukele autoproclamándose ganador.

Otra vez los aplausos irrumpen. Calleja y Lazo entran al salón recibidos por una consigna que todavía los llamaba presidentes, pero que no fue posible.

—Ha llegado el momento de decir a una sola voz, presentes por la patria, primero El Salvador, con Carlos Calleja Presidente—dicen y aplauden los areneros congregados. Calleja también pero más por educación que por voluntad.

Algunos sostiene sus celulares para grabar, otros aplauden, pero la mayoría limpian sus ojos y se esfuerzan inútilmente por contener las lágrimas.

Calleja inicia agradeciendo a la militancia, a su partido y a los partidos de la coalición. Luego agradece y elogia a su compañera de fórmula Carmen Aída Lazo. La abraza mientras los ojos de ella hacen vidriosos y sonríe ante las cámaras.

“Como alguien que respeta la institucionalidad de este país, reconocemos los resultados de esta elección y vamos a llamar al presidente electo para desearle la mejor suerte para el desafío y los retos que enfrentamos para el bien de todos los salvadoreños”, dice Calleja en rueda de prensa, y luego agrega que volverá a su “trinchera” empresarial y a dirigir la fundación que lleva su apellido.

Finalmente se retira del salón entre abrazos y fotos. No para de sonreír. Su esposa, Andrea y Carmen Aída Lazo, lo escoltan hasta la salida del salón. Luego entran a otro salón donde hay más areneros, quienes parecen no saber si llorar, consolarlo o cantar tímidamente el himno del partido.

Afuera del salón, rondan diputados de Arena que habían estado llorando. Se les nota en lo sonrojado de sus narices y rostros blancos. Sale el diputado Rodrigo Ávila y le pregunta a la diputada Martha Evelyn Batres:

— ¿Bueno, hay o no hay?

—Tequila tengo, de verdad, ¿Vas a querer? —responde Batres.

—Sí—responde Ávila, asintiendo con la cabeza.

A la conversación etílica, en plena ley seca, se une otro parlamentario: Ricardo Velásquez Parker.

—Nos podemos ir a mi casa en Las Flores— sugiere.

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