Foto referencia, internet

En El Salvador asesinan a 23 personas diariamente. Cada vez con más frecuencia asesinan a dos, tres o hasta 11 personas en un mismo crimen. A veces esas personas son trabajadores que nada tienen que ver con pandillas. En algunos casos de homicidios múltiples, las víctimas son de una misma familia. GatoEncerrado se dio a la tarea de platicar con las víctimas colaterales de un triple homicidio en un caserío de Ilobasco, para no solo contar cuántos fueron los muertos de esa masacre del 15 de marzo de este año, sino quiénes eran y por qué su muerte es una tragedia para su familia, para su comunidad y para el país. Porque todos los asesinados tienen una historia detrás, y en bastantes casos tienen un largo historial de su pasión para desarrollar sus comunidades. 


Por Redacción Gato Encerrado

Cristina* abrió la ventana de su casa y corrió discretamente la cortina para ver el vehículo del Instituto de Medicina Legal que llegaba por la calle principal de su caserío para recoger los cadáveres de los dos hijos del presidente de una Asociación para el Desarrollo Comunal (ADESCO), que habían sido atacados con armas de fuego esa mañana junto a su padre, quien murió de camino a un hospital.

—Es triste esta tragedia, don Andrés era una gran persona y, y, y… —Cristina se quedó sin palabras, no pudo completar la oración. Se limpió las lágrimas, volvió a correr la ventana y se sentó en una silla.

—¿Usted conocía desde muchos años atrás a don Andrés?—preguntamos.

—¡Uy, sí! Más de 20 años, y puedo dar fe de que el hombre y sus hijos eran trabajadores, no se metían con nadie ni le hacían mal a nadie. Al contrario, todo lo que hizo don Andrés y sus hijos fue ayudar a desarrollar este caserío.

Mientras platicamos con Cristina, en la entrada de la casa se han concentrado cinco vecinos más. Cristina les abre la puerta, se abrazan entre todos y lloran como si fueran familiares cercanos. Lloran como los 8 hijos más de don Andrés, lloran casi con el mismo dolor de la esposa de don Andrés que, justo en ese momento, se encuentra en la escena del crimen siendo interrogada por investigadores policiales y fiscales, que tratan de atar cabos y saber si don Andrés, o alguno de sus dos hijos, tenía problemas con pandillas y así tener alguna hipótesis del motivo del triple homicidio.

Los investigadores, dos horas más tarde, de todas formas quedaron con más preguntas que respuestas sobre el motivo del crimen. O al menos eso expresaron a los pocos periodistas que llegaron hasta el caserío La Quesera del cantón El Llanito en Ilobasco, Cabañas. Aproximadamente a 60 kilómetros de la capital salvadoreña.

***

Don Andrés, cuyo nombre completo era José Andrés García Ayala, de 42 años, tenía toda una vida levantándose a las 3:30 de la madrugada para bañarse y estar a las 4 en punto a 100 metros de su casa en uno de los terrenos donde se elaboran tejas de barro. Andrés, como la mayoría de hombres en el caserío La Quesera, sostenía económicamente su familia a través de la elaboración de tejas. Oficio que aprendió de su padre y que también había enseñado a dos de sus diez hijos: Douglas Armando García Parras, de 19 años, y Andrés Vladimir Ayala Parras, de 22, quienes fueron asesinados junto con don Andrés esa misma madrugada del 15 de marzo.

Los últimos diez años de don Andrés fueron invertidos en el trabajo comunitario. Por el día trabajaba elaborando tejas, pero por las noches y fines de semana se dedicaba a tiempo completo al desarrollo de su caserío. De acuerdo con algunos de los vecinos, las 300 familias de La Quesera jamás habrían visto una calle encementada, postes del tendido eléctrico, proyectos de agua potable… si no fuera por don Andrés.

—Mire, mi hermano era la más buena persona que uno puede encontrarse en el mundo.

—Y los hijos de don Andrés ¿cómo eran? ¿tuvieron algún problema o amenazas?

—Los bichos, mis sobrinos, ¡nombre!, si eran los bichos más bien portados, trabajadores. No sé si estudiosos, porque ya no estudiaban, sino que trabajaban con su papá haciendo tejas. Jamás dieron problemas. Uno de los bichos que asesinaron deja una niña chiquita.

La hermana detalló que durante los últimos meses don Andrés se estaba reuniendo constantemente con la comunidad y los directivos para darle forma al proyecto de agua potable en el caserío. Recientemente, don Andrés anunció que había estado en una reunión con representantes de la embajada de Japón y de la alcaldía de Ilobasco, y que el sueño de la comunidad de tener agua potable cada vez estaba más cerca de su cumplimiento.

—El agua potable aquí todavía es un sueño. Con la muerte de Andrés no sabemos qué pasará, ojalá los señores japoneses y los de la alcaldía continúen interesados en realizar el proyecto, porque aquí varios niños y gente adulta también se han enfermado porque las aguas de los pozos están contaminadas y urgen las tuberías y el agua potable.

—¿Cree que con el crimen se detengan los proyectos?

—Pero no soy solo yo la que cree eso, es todo el caserío. Porque ni sabemos por qué los han matado, y si es por su trabajo al frente de la ADESCO, hay que imaginarse que nadie va a querer continuar al frente de la ADESCO.

La hermana de don Andrés también insiste en que si no fuera por él, la calle que atraviesa el caserío seguiría siendo de tierra y piedras, como si se tratara de un pueblo olvidado en el siglo pasado. Si no fuera por don Andrés, en las casas seguirían encendiendo velas y antorchas para iluminar, como si el caserío se hubiera quedado atorado en la edad media. Si no fuera por don Andrés, algunos de los habitantes jamás hubieran tenido acceso a algún crédito y así montar un negocio, y seguirían sumergidos en la extrema pobreza y excluidos del sistema bancario que no ve en ellos una oportunidad de prestarles el dinero que necesitan para iniciar un negocio.

—Andrés también era el representante en el caserío de una cooperativa que presta dinero a los que proponen alguna idea de negocio. Si no fuera por los préstamos que hace esa cooperativa, aquí no existirían tiendas, pupuserías ni se podrían comprar herramientas para trabajar el barro y seguir haciendo tejas.

—¿Don Andrés otorgaba los créditos?

—No, pero él daba información de cómo podían solicitarlo y acompañaba a la gente a solicitarlo. Y él no ganaba ni cinco centavos de eso. Porque lo hacía por ayudar.

La esposa de Andrés también explicó que otro de los proyectos en que últimamente estaba trabajando era en torneos de fútbol y eventos deportivos para evitar que los jóvenes del caserío ingresaran a alguna de las pandillas que operan en las cercanías de esa comunidad.

Representantes de la alcaldía de Ilobasco, por su lado, dijeron que no estaban dispuestos a abandonar los proyectos que prometieron a los habitantes de La Quesera, a pesar de la muerte de don Andrés. Pero eso sí, debe nombrarse pronto un nuevo presidente de la ADESCO y retomar lo que don Andrés inició.

***

La mañana de ese de 15 marzo, don Andrés y sus hijos se levantaron puntualmente a las 3:30 de la madrugada para ir a elaborar tejas. Como siempre, como de costumbre. A las 4, cuando ya habían iniciado sus labores, al menos diez supuestos pandilleros armados con un fusil M16, de los que solo tiene permiso de utilizar el Ejército, y otras armas calibre .9 milímetros, ingresaron al terreno.  Según testigos, los hombres se acercaron a los tres: a don Andrés y sus dos hijos, les dispararon en repetidas ocasiones y luego huyeron.

Los dos hijos murieron casi instantáneamente sobre las tejas que estaban elaborando. Don Andrés agonizaba, así que los compañeros de trabajo trajeron un vehículo, lo subieron y salieron a toda velocidad a buscar algún hospital o centro asistencial. El intento de salvarle la vida a don Andrés fue inútil. Murió en el camino.

Aferrados a la esperanza de que todavía se podía hacer algo, llegaron a un hospital. El doctor que salió a toda prisa para examinar sus signos vitales solo se limitó a confirmar que ya había fallecido.

La noticia de que don Andrés también había muerto corrió por todo el caserío que, en palabras de los vecinos que llegaron a la casa de Cristina, “se quedó todo el caserío en silencio”.

—Nos da miedo, porque La Quesera no será la misma. Ya nadie va a querer salir ni a comprar, se quedará todo en silencio y quizá ya nadie va querer continuar con los proyectos de la ADESCO.

—¿Ninguno de ustedes quisiera retomar lo que don Andrés comenzó?

—Pues sí, claro que sí. Pero nos da miedo—dijo Cristina, afuera de su casa con los otros cinco vecinos, mientras observaban a los médicos forenses que subían al vehículo los dos cadáveres de los hijos de don Andrés.


*El nombre Cristina no corresponde realmente a la vecina, fue cambiado por su seguridad.

Comenta