Hasta el año 2012, más de 191 mil niñas, niños y adolescentes hacían alguna actividad para aportar económicamente a sus hogares. El 27.3 % son niñas y adolescentes que desempeñan algún trabajo como la labor doméstica, exponiéndose a largas jornadas laborales que sobrepasan las ocho horas establecidas en el artículo 38, inciso 6 de la Constitución salvadoreña.


Por Krissia Girón

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Capítulo IV

Transcurría la inocencia de los 11 años en Griselda, una pequeña niña habitante de Tacuba, quien soñaba con ser una profesional y estudiar para poder darle una mejor vida a sus hermanos y a su mamá, Mercedes Pineda, una mujer que se dedica al servicio doméstico, y a quien conocimos en la segunda entrega de esta serie. Los sueños de Griselda por superarse académicamente se vieron truncados cuando, en medio de la pobreza y la necesidad económica, surgió una propuesta por parte de una de sus vecinas:

—A mi mamá la dejaron con cinco hermanos más, conmigo eran seis, entonces vino una señora y vio la necesidad que yo tenía de ayudar a mi mamá y le dijo que si le hacía el favor de prestarme con ella y que me iba a reconocer un poco de dinero. Entonces me llevó supuestamente solo para que yo le ayudara con la niña, para que ella jugara y tuviera compañía, solo para eso. Pero cuando llegamos a Cuscatancingo, solo tenía un cuartito donde tenía la cama, refrigeradora y todo, tipo un departamento pequeño. El primer día me dijo: “Vaya a comer”, y después me puse a jugar con la niña. Ya cuando se fue al trabajo me dijo que barriera, que lavara los trastes, y yo estaba pequeña, no sabía qué pasaba porque ella me había dicho que solo era para jugar con la niña—, narra Griselda.

Los días pasaban y el trabajo para Griselda aumentaba, ya no solo le pedían hacer las tareas pequeñas, además le tocaba lavar la ropa de la familia y servirles la comida. Pero su labor principal era el cuidado de la hija de la patrona, una niña de 10 años, casi de su edad.

Desde ese día, Griselda supo que pasaría mucho tiempo para volver a ver a su mamá y a sus hermanos, ya que la patrona no le permitía salir a ningún lado.—Nunca me dejó ir a la casa, y ni siquiera me dejaba hablar con mi mamá, porque ella me dejaba toda aislada, no me dejaba ni salir a nada, solo encerrada pasaba. Todo lo que era de comer ella lo llevaba, de ahí solo salíamos al patio y luego de regreso a la casa a hacer los oficios, bañaba a la niña, que tenía 10 años, casi de mi edad, igualitas nos veíamos, y yo la bañaba y la cambiaba. A veces nos dejaba sin comer o solo nos dejaba frijoles y unas piezas de pollo, y me decía que yo comiera frijoles y que le diera las piezas de pollo a la niña, y que le guardara a ella cuando regresara—, nos cuenta Griselda, quien agrega que otro de los engaños que sufrió en aquella casa de Cuscatancingo, fue la retención de su partida de nacimiento.

La señora le mintió al decirle que si salía de la casa, sería llevada a un centro de menores por la Policía, así que le quitó su documento para “guardarlo”. Este nunca regresó a las manos de Griselda. —Al rato le pregunté cuándo íbamos a regresar a Tacuba, y me dijo que todavía no, que íbamos a ir una vez al mes. Yo llorando le decía que yo me quería venir porque ya no aguantaba estar allá—, expresó.

El suplicio terminó cuando una mañana de domingo, la señora decidió ir a visitar a su mamá, quien vivía en Tacuba. Griselda aprovechó ese momento para irse con ellos y regresar a su casa. Además, la patrona debía pagarle el dinero que había prometido a Mercedes, mamá de Griselda, por ‘prestarle a la niña’. —Cuando regresamos a Tacuba le dio a mi mamá el dinero que me había ganado, y ella le dijo que era muy poquito lo que me había pagado, porque como $10 dólares le dio, y la patrona le contestó que me había descontado la comida que me dio y una ropa que me compró en San Salvador, y lo que hizo fue hacerme un trajecito que me dijo que me lo iba a regalar, y resultó que me lo vendió. Me engañó, pero yo seguí trabajando porque no podía regresarme sola—.

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El trabajo doméstico ha sido tradicional y culturalmente adjudicado a las mujeres y niñas, un grupo que mayoritariamente se encuentra en desventaja social y jurídica.

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La Ley de Protección Integral para la Niñez y Adolescencia, (Lepina), dice en su artículo 64 que: “Las personas mayores de 16 años podrán realizar trabajos domésticos, y que tendrán derecho a que se respeten sus horas de alimentación y al disfrute del descanso, así como derecho a la educación, en ese sentido, el patrono debe facilitar la asistencia a la escuela más cercana. Además que las jornadas de trabajo no excederán a la establecida en la LEPINA, es decir, no mayor de 6 horas diarias ni 34 semanales. Tampoco su remuneración menor a la recibida por los mayores de 18 años.”

Es decir, la LEPINA obliga a empleadores, empresas y al mismo Estado a cumplir los derechos de las trabajadoras domésticas menores de edad. Pero,  ante la falta de una legislación integral que defina las reglas dentro del trabajo doméstico,  y la desventaja que tienen estas mujeres en el sistema laboral, con el régimen especial del Código de Trabajo,¿no es una contradicción por parte del Estado?

Roxana Marroquín, investigadora del IDHUCA opina que sí: “Por un lado estamos pidiendo que sean mayores de edad, y por el otro la LEPINA es permisible sobre que sean mayores de 16, y estamos planteando también que aquí las mujeres se dedican al trabajo doméstico bajo todos los riesgos. Hay una contradicción entre la legislación nacional y los tratados internacionales, porque por un lado se prohíbe el trabajo doméstico ya que se presta a que las mujeres puedan ser víctimas de trata, hemos conocido de casos de mujeres adultas que han sido víctimas, y si cruzamos que ahora son adultas pero que en un momento fueron niñas, y que fueron traídas de sus cantones a trabajar a San Salvador bajo engaños, porque les ofrecen trabajo y no saben adónde van”, expresó Marroquín.

El 35 % de las trabajadoras encuestadas por el IDHUCA empezaron antes de los 14 años, lo que indica que en El Salvador hay un alto número de niñas y niños haciendo actividades que podrían catalogarse como peores formas de trabajo infantil, según el convenio 182 de la OIT.

“Entonces si usted dice: usted puede trabajar desde los 16 años y no hay una inspección real de esas condiciones está exponiendo a las jóvenes a que sean víctimas de esas condiciones, víctimas de violencia sexual, víctimas de todas las formas de violencia, y de explotación laboral que también es parte de la trata. También conocimos el caso de una niña que tenía 17 años, y cuando estaba cocinando se le cayó el agua hirviendo y tenía toda la parte del abdomen quemada, y cuando nosotras fuimos a verla todavía estaba en proceso de curación; entonces la patrona le había dado solo una cremita para que se pusiera. Entonces si no tiene seguro social, ¿adónde va a acudir?, si no tiene dinero para pagar un médico, ¿adónde va a ir?, y si los responsables de la relación laboral no asumen su rol de empleadores, porque eso es lo que son, empleadores,entonces no podemos hablar de que la LEPINA le permita a esa edad hacerlo”, afirmó Marroquín.

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Al regresar a casa, Griselda decidió buscar un empleo. Con tan solo 12 años, turnaba su educación con su trabajo en otra casa, más grande que la anterior y con más responsabilidades para una niña de su edad.

—Me levantaba a las cuatro de la mañana a hacer todo el oficio de la casa y a cuidar a los niños, y entre ellos estaba un niño diabético, me levantaba temprano para inyectarlo, a pesarle la comida, porque cualquier cosa que el comiera tenía que ir pesado, luego me daban las cinco de la mañana y a esa hora hacía las otras dos loncheras. A las 5:30 subía a bañarlos a los tres y cambiarlos para la escuela. Si yo me tardaba 5 minutos me decían que me levantara más temprano porque no salía con todo el trabajo. Cuando se iban los niños y ellos al gimnasio me quedaba sola para hacer la limpieza: hacía los tres cuartos de los niños y el principal, y luego barrer y el resto de la limpieza. Si cuando ellos llegaban veían que me agarró la tarde me regañaban porque decían que yo no hacía nada, y que si era así me lo iban a descontar—, nos cuenta Griselda.

Esta vez el trabajo para Griselda duró más tiempo con esa familia donde laboró durante ocho años. Ella cuenta que en su adolescencia se esforzó mucho para sacar el bachillerato, el cual cursó durante los fines de semana, cuando aprovechaba su único día libre, que era el sábado, para quedarse en Ahuachapán y estudiar en la escuela nocturna. Durante todos esos años, los abusos y violaciones a sus derechos estuvieron a la orden del día, sin embargo, ella soportó los maltratos por mejorar las condiciones de vida de su madre y de sus hermanos.

—Hubo una vez, cuando yo tenía 17 años, que el niño pequeño ya se paraba en el coche, entonces se vino de cabeza y se golpeó. Yo estaba cocinando y el niño estaba viendo televisión, entonces lo que hice fue, cuando se cayó, apagar los fuegos de la cocina e ir a contemplarlo. Cuando ellos llegaron, la patrona me dijo que si volvía a pasar,  y si le quedaba cicatriz al niño, me iba a demandar, porque ella no me creía que se me había caído del coche, sino que pensó que se me había caído de mis manos. Al final siempre me regañó porque la comida no estaba cuando ella llegó. Y como la comida la descuidé, la yuca se esponjó mucho, y yo la dejé por estar contemplando al bebé. La yuca se hizo masa, y me dijo: “¡Qué es esto que tenes aquí, mira como la tenes!”, “es que el niño se me cayó y solo apagué un quemador y se me olvidó apagar ese”, le dije. “¡Pues esta mierda no sirve!”, replicó, y me tiró la olla en todas las piernas, con todo y olla. Cayó yuca por todos lados, en mis pies también y me quemó. Yo solo agaché mi cara y me puse a llorar.

Después una de las hijas le dijo a la patrona: “Mamá, no seas así con la Griselda, anda pedile perdón”,  “-¡Yo no le estoy pidiendo perdón a esa pendeja!”.

Pero yo no descuide la comida porque yo quise, sino por ir a ver a su hijo, y ella eso no entendió. Ella pensaba que yo podía hacer el montón de cosas. En ese momento no me dijo: gracias por venir a cuidarme al niño, no me dio las gracias; al contrario, me regañó por la yuca, porque ella la quería durita porque la iba a freír. Y me dijo que así no le servía para nada—, recuerda tímidamente Griselda, quien con lágrimas en sus ojos narra este y otros abusos de los que fue víctima durante parte de su adolescencia.

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hijo

Griselda sostiene a su hijo mientras cuenta su historia.

Hasta el año 2012, más de 191 mil niñas, niños y adolescentes hacían alguna actividad para aportar económicamente a sus hogares. El 27.3 % son niñas y adolescentes que desempeñan algún trabajo como la labor doméstica, exponiéndose a largas jornadas laborales que sobrepasan las ocho horas establecidas en el artículo 38, inciso 6 de la Constitución salvadoreña.

Aunque parezcan todas unas expertas por haber sido preparadas toda su vida para realizar el trabajo del cuidado del hogar, lo cierto es que a esa edad no están aptas ni física ni psicológicamente para desempeñar un trabajo tan voraz. Más razones por las cuales se necesita una legislación especial que regule el trabajo doméstico. Por ello acudimos, otra vez, a la Asamblea Legislativa, para conocer la opinión de la Comisión de Trabajo y Previsión social sobre este tema, quienes además tienen sobre el tintero la discusión de una propuesta de reformas al Código de Trabajo, las cuales buscan mejorar la realidad de las trabajadoras del hogar.

Nelson Quintanilla, diputado por el FMLN y vicepresidente de la Comisión de Trabajo, dice que también sobre el trabajo infantil, hay expedientes pendientes en esta área, que la comisión tampoco discutirá, al menos, este año. “Hay por ejemplo el estudio de una ley de aprendizaje, tiene que ver con menores de edad, está la ley del primer empleo joven que crea algunas condiciones, e incluso tenemos expediente para hacer una reforma amplia a la ley del primer empleo joven, y ahí una de las discusiones es si vamos a considerar a las personas jóvenes a partir de los 18 años, o se puede considerar a las personas que estudian y que están probablemente entre la edad de los 14 a los 17 años, para que puedan tener oportunidad, y ahí entrarían no solo niños, sino también niñas.

Entonces en realidad hay varios vacíos de tipo legal que necesitamos resolver en diferentes cuerpos de ley, y en el seno de la comisión hay bastantes expedientes pendientes”, expresó el funcionario.

Para Vanessa Pocasangre, representante de la OIT en El Salvador, la falta de discusión de estos temas dentro del pleno legislativo, y en general de las instituciones del Estado, es seguir perpetuando las condiciones en las que este sector ha venido trabajando hasta ahora. “Son condiciones muy duras porque además de las horas excesivas de trabajo que estas mujeres tienen, las condiciones de trabajo, las horas, días de descanso, vacaciones y salario no están regulados.Comparados con otros sectores, hay muchos casos de violencia sexual ejercido contra las trabajadoras, ya que trabajan en espacios considerados privados que son los hogares de quienes las contratan. Entonces vemos claro que de no mejorar las leyes, de no modificar las leyes nacionales, se seguiría perpetuando la situación en las que se encuentran las trabajadoras”, dijo Pocasangre.

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Durante la época colonial las relaciones de servicio doméstico constituían un vínculo de lealtad y esclavitud que, en cierta forma, se mantiene hasta hoy, y que explica por qué, contrario a otro tipo de trabajos, la legislación sobre este oficio ha sido tan demorada y, una vez existe, tan difícil de aplicar.

El trabajo doméstico si es un asunto público, la existencia de la relación laboral exige que el Estado lo regule, evitando así que las violaciones a los derechos de esta población trabajadora queden ocultas en el secreto mundo privado, dejando que se siga rigiendo bajo las políticas de lo íntimo.

Mientras nuestros padres de la patria continúan durmiendo el sueño de los justos sobre los derechos de las trabajadoras del hogar remunerado, Griselda, ahora con 24 años, seguirá despertando todos los días a las tres de la mañana, buscando las formas necesarias para sobrevivir en medio de una sociedad que no voltea su mirada hacia ellas, donde lo presente son los abusos del día a día, y lo ausente es la protección del Estado salvadoreño.

Griselda se despide de nosotros, comentando entre lágrimas —Yo quisiera seguir estudiando y tener una carrera para ya no volver a sufrir lo que ya he sufrido todos estos años. Ya sabe uno a lo que va y no quisiera regresar, pero toca de todas maneras, porque siempre hay necesidad—.

[Fin de la serie]

cc


Esta investigación fue realizada en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación para las Américas, del International Center of Journalist (ICFJ), en alianza con Connectas, Radio La Klave y Revista Gato Encerrado.

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